martes, 18 de mayo de 2010

¿Qué?

Snif, llora el conejo.
¿Porqué lloras, conejo? Dice el juglar.
Demasiados conejos y demasiadas zanahorias en el mercado.
No es cierto conejo. Tu eres un conejo único y tus zanahorias también
.

¿Qué?

Es una pregunta abarrotada en colores. Una pregunta entre un millón de respuestas, construye el infinito y explota en detalles de inigualable belleza. El qué, desarrolla la diferencia la estruja, la compacta, la expande y la proyecta por encima de cabezas tocadas por el mismo sombrero. El qué, juega con el cuando mientras pasean por senderos antiguos convertidos en autopistas modernas. El qué, protege al cuando. Es fuerte, es duro y espléndido como el más perfecto de los diamantes. Con él cortamos cualquier obstáculo en la comunicación y dejamos abierto el camino para un cuando concreto con el que construir presentes complejos, que se proyectan, infinitas veces, sobre un futuro lleno de experiencias irrepetibles y únicas. El que, aguarda en los huecos, allí te espera y los llena para ti con el sonido, el olor y el sabor que deseas. El que, guarda secretos hasta que se necesitan por fuera. Justifica, explica y converge en miles de encuentros internos. Un qué, con honestidad es el qué más efectivo, te arrastra por el infinito universo del otro y ya nunca podrá distraerse de tu presencia. Rompe los velos del alma y se cuela por los recovecos de las vidas. En un qué convergen todos los innumerables encuentros. Llena las horas muertas de pensamientos. Ameniza las tardes de cafés y te vincula al otro, sin remedio.

Necesitas un arqueólogo intrépido y coleccionista de qués o convertirte en uno de ellos.


Los qués se proclaman diferentes. Tiñen a los grises y negros de la inmensa variedad de matices de colores. Hay qués de infancias, de torrentes de lágrimas que devienen en toneladas de risas. Qués duros, difíciles, retorcidos, fáciles, tersos. Qués anodinos, bañados de lluvia, de sol y de cielos. Qués de maremotos, de vientos huracanados, de calma chicha. Qués de esparto envueltos en papel de regalo. Ques que rodean todos nuestros encuentros.
Observa, conejo.
Actor lleva tiempo escuchándola a ella, no habla y ahora se levanta. De espaldas, se lleva la mano al pecho. ¿Cuánto llevas alerta, esperando que él le diga que la ama? ¿Desde que colocó su flequillo, en la puerta, al verla?. ¡Mira! Ahora le sirve un té, lleva la mirada distraída que se deposita en la foto del estante de la izquierda. No ves la foto pero el actor vuelve a llevar su mano, lentamente, al pecho.
Ahora sabes que actor es uno, de tantos, que buscan hablar de amor pero acabas de descubrir que, también, es diferente. Él guarda una pena y un miedo con lo que aún no acabó.

Busca un arqueólogo intrépido, viaja con él al país de tus qués y construye tu propio museo. Los necesitarás para que tu público te reconozca entre los miles de conejos.

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